7 de abril de 2010
6 de abril de 2010
Lo que nos llevamos a la boca
Publicado por
Sólo quien ama vuela
Gustavo Duch
Público
Si atendemos a los comunicados de, por ejemplo, la Asociación Médica de EEUU, deberíamos asegurarnos de que cada uno de nosotros y nosotras estemos bien lejos de la exposición a los pesticidas. Según dicen, “existe incertidumbre acerca de los efectos de la exposición prolongada a dosis bajas de pesticidas. Los sistemas de supervisión actuales son inadecuados para definir los riesgos potenciales relacionados con el uso de pesticidas y con enfermedades relacionadas con pesticidas. (…) Teniendo en cuenta esta falta de datos, es prudente limitar la exposición a pesticidas y usar los pesticidas químicos menos tóxicos o recurrir a alternativas no químicas”. Pero caminamos en el sentido contrario, porque, además de la exposición directa que sufren muchas personas, por ejemplo, trabajadoras y trabajadores agrícolas, todos, poco o mucho, acabamos tragando alguna clase de pesticidas transportados por los alimentos que contienen transgénicos, cuando tenemos –como recomienda la asociación– una alternativa, mejor dicho, un derecho, muy sencillo: disponer de comida libre de transgénicos.
En la actualidad, dos de los transgénicos más extendidos llegan, aunque sea en bajas dosis o como residuos, a nuestros platos. Soja bañada de un pesticida llamado glifosato y maíz que incorpora una toxina letal para los insectos.
La soja –no la confundamos con la usada en la alimentación asiática– nos llega desde el cono Sur de Latinoamérica y especialmente de Argentina, y su rasgo transgénico la hace inmortal a dicho pesticida; por lo tanto, se le riega y se le riega con esa sustancia. Aunque aquí no consumimos esa soja directamente, es la base de la alimentación de nuestra ganadería intensiva y un ingrediente importante de la comida industrial, donde la encontramos en forma de lecitina en la bollería, las salsas, las papillas, etc. ¿Y qué ocurre con los seres humanos que entran en contacto directo con el glifosato, como ocurre en muchas poblaciones de esas regiones? Los datos empíricos son claros: malformaciones embrionarias, enfermedades dérmicas, respiratorias y aumento de casos de cáncer. Y en el laboratorio, cuando se estudia con animales, hay ya numerosos y rigurosos estudios muy preocupantes que han determinado, por ejemplo, que el glifosato puede inhibir el cese de la reproducción de una célula en ensayos sobre el erizo de mar; que la aplicación de glifosato sobre fuentes de agua con anfibios en desarrollo destruía el 70% de la biodiversidad de anfibios y el 86% en renacuajos; que hay una estrecha relación entre Linfoma No Hodgkin (un tipo de cáncer) y el glifosato; y, por último, los más conocidos estudios dirigidos por el doctor Gilles-Eric Seralini, de la Universidad de Caen en Francia y asesor de la Comisión Europea, que demuestra en unos trabajos publicados en la revista Scientific American que tal sustancia produce la muerte de las células embrionarias, placentarias y del cordón umbilical, dando origen a malformaciones, teratogénesis y tumores.
El mismo Dr. Seralini alerta, en un reciente estudio publicado en International Journal of Biological Science, sobre qué le pasa a los animales de experimentación alimentados con maíz con las toxinas Bt antes mencionadas: a los tres meses en los análisis de sangre encuentra un aumento de grasa en sangre, de azúcar y problemas de riñones y de hígado. Este maíz, aunque sólo está aprobado para alimentar ganado, lo tenemos más cerca. En España hay 100.000 hectáreas dedicadas al cultivo de maíz transgénico. La contaminación de este maíz a los cultivos convencionales o ecológicos para el consumo humano está demostrada. Saquen ustedes la conclusión.
Y ahora la Comisión Europea ha aprobado un nuevo cultivo transgénico, la patata. Al igual que el maíz y la soja (mayoritariamente de Monsanto, al igual que el glifosato requerido) se trata de un cultivo para usos industriales y piensos. Basf, propietaria de la frankenpatata, aspira a ganar unos 20 millones de euros al año. La modificación genética, esta vez, no tiene que ver con pesticidas, se trata de hacer más aprovechable su almidón, pero lleva, como alertan las organizaciones ambientalistas, genes resistentes a los antibióticos. ¿Y para qué le sirven en este caso? En el campo para nada. Sólo son utilizados como marcadores para localizar los genes modificados en los laboratorios. Pero, en cambio, si entran en la cadena alimentaria favorecerán la creación de resistencia de las bacterias a esos antibióticos. Y perderemos un recurso médico.
Estas son algunas de las hipótesis de los efectos sobre nuestra salud. Pero me queda uno. Miren, a medida que los transgénicos avanzan, desaparecen las pequeñas fincas productoras de alimentos diversos y de calidad. La soja arruina a las chacras y tambos y en Argentina han de recurrir entonces a alimentarse de carne producida intensivamente, siempre menos saludable que la producida extensivamente, sin nada más que sol y hierba. Y en España el avance del maíz significa la desaparición del pequeño hortelano y hortelana, y nos queda comer lechugas y tomates (porque no hay mucha más variedad) producidos bajo plásticos con mucha química encima.
¿Son los transgénicos la solución contra el hambre? Si no están destinados para el uso humano, está claro que no. Y si cuando nos los comemos nos pasa como a los ratoncitos, ¿por qué no se prohíben? Nuestra mesa está gobernada por Monsanto, Basf y compañía.
Gustavo Duch es editor de la revista ‘Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas’. Autor de ‘Lo que hay que tragar’
Ilustración de César Vignau
Público
Si atendemos a los comunicados de, por ejemplo, la Asociación Médica de EEUU, deberíamos asegurarnos de que cada uno de nosotros y nosotras estemos bien lejos de la exposición a los pesticidas. Según dicen, “existe incertidumbre acerca de los efectos de la exposición prolongada a dosis bajas de pesticidas. Los sistemas de supervisión actuales son inadecuados para definir los riesgos potenciales relacionados con el uso de pesticidas y con enfermedades relacionadas con pesticidas. (…) Teniendo en cuenta esta falta de datos, es prudente limitar la exposición a pesticidas y usar los pesticidas químicos menos tóxicos o recurrir a alternativas no químicas”. Pero caminamos en el sentido contrario, porque, además de la exposición directa que sufren muchas personas, por ejemplo, trabajadoras y trabajadores agrícolas, todos, poco o mucho, acabamos tragando alguna clase de pesticidas transportados por los alimentos que contienen transgénicos, cuando tenemos –como recomienda la asociación– una alternativa, mejor dicho, un derecho, muy sencillo: disponer de comida libre de transgénicos.
En la actualidad, dos de los transgénicos más extendidos llegan, aunque sea en bajas dosis o como residuos, a nuestros platos. Soja bañada de un pesticida llamado glifosato y maíz que incorpora una toxina letal para los insectos.
La soja –no la confundamos con la usada en la alimentación asiática– nos llega desde el cono Sur de Latinoamérica y especialmente de Argentina, y su rasgo transgénico la hace inmortal a dicho pesticida; por lo tanto, se le riega y se le riega con esa sustancia. Aunque aquí no consumimos esa soja directamente, es la base de la alimentación de nuestra ganadería intensiva y un ingrediente importante de la comida industrial, donde la encontramos en forma de lecitina en la bollería, las salsas, las papillas, etc. ¿Y qué ocurre con los seres humanos que entran en contacto directo con el glifosato, como ocurre en muchas poblaciones de esas regiones? Los datos empíricos son claros: malformaciones embrionarias, enfermedades dérmicas, respiratorias y aumento de casos de cáncer. Y en el laboratorio, cuando se estudia con animales, hay ya numerosos y rigurosos estudios muy preocupantes que han determinado, por ejemplo, que el glifosato puede inhibir el cese de la reproducción de una célula en ensayos sobre el erizo de mar; que la aplicación de glifosato sobre fuentes de agua con anfibios en desarrollo destruía el 70% de la biodiversidad de anfibios y el 86% en renacuajos; que hay una estrecha relación entre Linfoma No Hodgkin (un tipo de cáncer) y el glifosato; y, por último, los más conocidos estudios dirigidos por el doctor Gilles-Eric Seralini, de la Universidad de Caen en Francia y asesor de la Comisión Europea, que demuestra en unos trabajos publicados en la revista Scientific American que tal sustancia produce la muerte de las células embrionarias, placentarias y del cordón umbilical, dando origen a malformaciones, teratogénesis y tumores.
El mismo Dr. Seralini alerta, en un reciente estudio publicado en International Journal of Biological Science, sobre qué le pasa a los animales de experimentación alimentados con maíz con las toxinas Bt antes mencionadas: a los tres meses en los análisis de sangre encuentra un aumento de grasa en sangre, de azúcar y problemas de riñones y de hígado. Este maíz, aunque sólo está aprobado para alimentar ganado, lo tenemos más cerca. En España hay 100.000 hectáreas dedicadas al cultivo de maíz transgénico. La contaminación de este maíz a los cultivos convencionales o ecológicos para el consumo humano está demostrada. Saquen ustedes la conclusión.
Y ahora la Comisión Europea ha aprobado un nuevo cultivo transgénico, la patata. Al igual que el maíz y la soja (mayoritariamente de Monsanto, al igual que el glifosato requerido) se trata de un cultivo para usos industriales y piensos. Basf, propietaria de la frankenpatata, aspira a ganar unos 20 millones de euros al año. La modificación genética, esta vez, no tiene que ver con pesticidas, se trata de hacer más aprovechable su almidón, pero lleva, como alertan las organizaciones ambientalistas, genes resistentes a los antibióticos. ¿Y para qué le sirven en este caso? En el campo para nada. Sólo son utilizados como marcadores para localizar los genes modificados en los laboratorios. Pero, en cambio, si entran en la cadena alimentaria favorecerán la creación de resistencia de las bacterias a esos antibióticos. Y perderemos un recurso médico.
Estas son algunas de las hipótesis de los efectos sobre nuestra salud. Pero me queda uno. Miren, a medida que los transgénicos avanzan, desaparecen las pequeñas fincas productoras de alimentos diversos y de calidad. La soja arruina a las chacras y tambos y en Argentina han de recurrir entonces a alimentarse de carne producida intensivamente, siempre menos saludable que la producida extensivamente, sin nada más que sol y hierba. Y en España el avance del maíz significa la desaparición del pequeño hortelano y hortelana, y nos queda comer lechugas y tomates (porque no hay mucha más variedad) producidos bajo plásticos con mucha química encima.
¿Son los transgénicos la solución contra el hambre? Si no están destinados para el uso humano, está claro que no. Y si cuando nos los comemos nos pasa como a los ratoncitos, ¿por qué no se prohíben? Nuestra mesa está gobernada por Monsanto, Basf y compañía.
Gustavo Duch es editor de la revista ‘Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas’. Autor de ‘Lo que hay que tragar’
Ilustración de César Vignau
Su película favorita cotizará en Bolsa
Publicado por
Zorba, el amigo de Osho
De todos es conocida la voracidad de nuestro capitalismo financiero que, cual dios Cronos devorando a sus hijos, amenaza con seguir fagocitando y jibarizando todas y cada una de las realidades humanas. Se empezó con la economía (quiero decir, con la riqueza real) y la política, se siguió con la comunicación, el arte y el fútbol, y ahora se pasa al cine.
Las compañías de inversión Cantor Fitzgerald y Verania Networks van a comercializar productos bursátiles que permitirán especular con la taquilla de los estrenos o el tirón popular de un determinado actor.
Cantor Fitzgerald y Verania Networks afirman que los productores podrían usar este mercado para cubrir sus riesgos económicos en determinadas películas. Ante la polémica, el presidente de Cantor Exchange, Richard Jaycobs, afirmó que "si hay personas que compran acciones de Nike porque adoran sus zapatillas, por qué no van a poder invertir en las películas que les gustan".
¡Pues claro!
Según el directivo, cuando la bolsa de Nueva York inició la comercialización de futuros sobre los precios del crudo ninguna gran petrolera quería participar. Poco después se convirtieron en los principales actores del mercado. Jaycobs lo tiene claro: "Dentro de tres años, todos los grandes estudios de cine estarán participando".
Está claro: allí donde Manmona pueda extender su imperio, lo hará: Es algo así como la nueva reformulación de un imperativo metafísico que explique la realidad global: “todo lo que el capital pueda colonizar, debe hacerlo”. Y así, se empieza especulando con las divisas (aunque hundan la moneda de un país) y con el derecho humano a una vivienda, y se acaba llevando a los actores a la Bolsa.
Y yo sugiero: ¿por qué no proponer a nuestras parejas o a nuestros hijos, como productos financieros? Invirtamos en ellos (pero en Bolsa), por si fracasan. Por ejemplo: yo puedo capitalizar a mi mujer, vender acciones por su valor y que éstas vayan subiendo o bajando según la renta que me produzca (ella es muy apañada; sabe hacer trajes, coser perfectamente, bailar, entiende mucho de decoración, cocina de lujo, y un largo etcétera). ¿Y mis hijos? Pues anda que no son, ni nada, una buena inversión de futuro, con el inglés que saben.
¿Y por qué no cotizan en bolsa las religiones? ¡Pues anda que no da dinero eso ni ná! ¿Y los conciertos de música clásica? ¿Y las óperas? ¿Y las puestas de sol? Podemos vender entradas (o interesantes abonos) a la playa, para verlas, y ganaríamos mucho dinero. Lo único que hay que hacer es convencer al gobierno para que nos deje privatizar las playas con un decretazo, como decretó, por la cara, que se acabó la televisión analógica, y creo que la industria de la TV digital ha debido ganar algo de dinero con ello. Esto es la democracia, señora, la democracia.
¿Y la amistad? ¿Por qué no cotiza en bolsa? Al fin y al cabo, hay gente muy solitaria que pagaría por tener amigos. ¡Hay que ver lo que está perdiendo Dios Capital por culpa de las redes sociales en Internet, que proporcionan amigos gratis! ¡Qué lento y descuidado está el sistema (el mejor de los posibles, que dicen los liberales), que aún no ha hecho que coticen en bolsa el aire, la estrellas, la poesía, los orgasmos, las lágrimas de los bebés...!
En fin, voy a dejarlo, que creo que se me está yendo la pinza.
Las compañías de inversión Cantor Fitzgerald y Verania Networks van a comercializar productos bursátiles que permitirán especular con la taquilla de los estrenos o el tirón popular de un determinado actor.
Cantor Fitzgerald y Verania Networks afirman que los productores podrían usar este mercado para cubrir sus riesgos económicos en determinadas películas. Ante la polémica, el presidente de Cantor Exchange, Richard Jaycobs, afirmó que "si hay personas que compran acciones de Nike porque adoran sus zapatillas, por qué no van a poder invertir en las películas que les gustan".
¡Pues claro!
Según el directivo, cuando la bolsa de Nueva York inició la comercialización de futuros sobre los precios del crudo ninguna gran petrolera quería participar. Poco después se convirtieron en los principales actores del mercado. Jaycobs lo tiene claro: "Dentro de tres años, todos los grandes estudios de cine estarán participando".
Está claro: allí donde Manmona pueda extender su imperio, lo hará: Es algo así como la nueva reformulación de un imperativo metafísico que explique la realidad global: “todo lo que el capital pueda colonizar, debe hacerlo”. Y así, se empieza especulando con las divisas (aunque hundan la moneda de un país) y con el derecho humano a una vivienda, y se acaba llevando a los actores a la Bolsa.
Y yo sugiero: ¿por qué no proponer a nuestras parejas o a nuestros hijos, como productos financieros? Invirtamos en ellos (pero en Bolsa), por si fracasan. Por ejemplo: yo puedo capitalizar a mi mujer, vender acciones por su valor y que éstas vayan subiendo o bajando según la renta que me produzca (ella es muy apañada; sabe hacer trajes, coser perfectamente, bailar, entiende mucho de decoración, cocina de lujo, y un largo etcétera). ¿Y mis hijos? Pues anda que no son, ni nada, una buena inversión de futuro, con el inglés que saben.
¿Y por qué no cotizan en bolsa las religiones? ¡Pues anda que no da dinero eso ni ná! ¿Y los conciertos de música clásica? ¿Y las óperas? ¿Y las puestas de sol? Podemos vender entradas (o interesantes abonos) a la playa, para verlas, y ganaríamos mucho dinero. Lo único que hay que hacer es convencer al gobierno para que nos deje privatizar las playas con un decretazo, como decretó, por la cara, que se acabó la televisión analógica, y creo que la industria de la TV digital ha debido ganar algo de dinero con ello. Esto es la democracia, señora, la democracia.
¿Y la amistad? ¿Por qué no cotiza en bolsa? Al fin y al cabo, hay gente muy solitaria que pagaría por tener amigos. ¡Hay que ver lo que está perdiendo Dios Capital por culpa de las redes sociales en Internet, que proporcionan amigos gratis! ¡Qué lento y descuidado está el sistema (el mejor de los posibles, que dicen los liberales), que aún no ha hecho que coticen en bolsa el aire, la estrellas, la poesía, los orgasmos, las lágrimas de los bebés...!
En fin, voy a dejarlo, que creo que se me está yendo la pinza.
5 de abril de 2010
La conciencia es una pension incomoda
Publicado por
Zorba, el amigo de Osho
Os dejo esta magnifica reflexion del poeta Luis Garcia Montero, en Publico:
"La conciencia no es un hotel de lujo, sino una pensión incómoda en la que uno no puede quedarse dormido. Está situada, además, al lado de cualquier frontera.
Como somos una sociedad de consumo, nos gusta llenar el carro del supermercado con las ofertas de la semana y las páginas de los periódicos con los escándalos y las polémicas de la actualidad. Consumimos escándalos igual que se consume una caja de galletas. La costumbre en España es que, se trate de lo que se trate, corramos a integrarnos en una bandería. Los toros, la posible exhumación de los restos de un poeta, las actuaciones de un juez, la situación en Cuba, la salida de la cárcel de un preso, la política antiterrorista o las tramas de los corruptos generan siempre una discusión a dos bandas y con afirmaciones tajantes.
Resulta muy difícil matizar, quedarse en tierra de nadie, sin ser acusado de rojo trasnochado o de fascista vendido al capitalismo. La sociedad consumista tiene mucha prisa, y en medio de los dogmas, que son la prisa de las ideas, es difícil matizar, por ejemplo, que uno no siente mucha simpatía por un juez estrella, que entra y sale de la política o de los titulares sin demasiados escrúpulos, pero que es una barbaridad y una grave agresión democrática intentar condenarlo por una prevaricación inexistente. La matización se convierte incluso en un peligro cuando el contrario está dispuesto a manipularte y las dudas sobre una actuación judicial sirven para que, bajo el manto de los muertos del franquismo, una trama indeseable de políticos y negociantes corruptos intente echar humo sobre sus tropelías.
El consumo de opinión procura mantener viva con sus prisas la lógica de las dos Españas. Pero se olvida que Antonio Machado no escribió sus famosos versos (“una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”) para referirse a la derecha y a la izquierda, con la que él siempre se identificó, sino a los turnos de los partidos de la Restauración, a las dos Españas monárquicas de los conservadores y liberales, caras distintas de una misma mentira. Lo que de verdad aprendió Machado es que a la hora de opinar, en la lógica de las banderías, a veces debemos salirnos por la tangente.
Por eso conviene recordar que la conciencia no es un hotel de lujo, sino una pensión incómoda situada en una frontera. Voltaire levantó un castillo en Ferney, justo en la frontera de Francia y Suiza. Cuando despertaba las iras de Luis XV o de los calvinistas ginebrinos podía situar su pensamiento en el lado de la frontera que permitiese su independencia. En una sociedad de poderes mediáticos, hoy han cambiado las cosas para el orgullo intelectual y es excesivo levantar castillos en homenaje a la opinión propia. Más bien la conciencia vive en una pensión. Pero es bueno que siga levantada junto a una frontera.
Luis Cernuda identificó al poeta con la soledad de un farero. Su búsqueda de la dignidad, de la conciencia individual, le recordaba al farero que sabía vivir aislado, en una torre a las afueras del pueblo, pero con la intención de evitar el naufragio de las ilusiones colectivas. Para embarcarse en una ilusión colectiva, nada resulta más conveniente que aprender a quedarse solo. Ninguna patria, raza, religión, partido, consigna, nostalgia o vanidad puede estar por encima de la propia conciencia. Sólo la claridad de las conciencias individuales sostiene la dignidad de las ilusiones colectivas.
Llegados aquí no faltarán los compañeros de catecismo que piensen en la conciencia individual y en los amparos democráticos como una deformación burguesa. Si tienen tiempo, les aconsejo que lean El invierno de la democracia del politólogo Guy Hermet. La democracia hoy es pura inexistencia, una nostalgia de otro tiempo, y no han acabado con ella los viejos totalitarismos. Ha sido el capitalismo desarrollado como un cáncer, con su capacidad de destruir los espacios públicos y las conciencias individuales, el que le ha dado el tiro de gracia al viejo sueño democrático.
Voltaire se sintió orgulloso de su castillo en Ferney y dijo que iba a durar mil años. La conciencia es una pensión pobre, pero es el único espacio propio que nos queda. No conviene que nos acomodemos en el balneario ancho y ajeno de las banderías".
"La conciencia no es un hotel de lujo, sino una pensión incómoda en la que uno no puede quedarse dormido. Está situada, además, al lado de cualquier frontera.
Como somos una sociedad de consumo, nos gusta llenar el carro del supermercado con las ofertas de la semana y las páginas de los periódicos con los escándalos y las polémicas de la actualidad. Consumimos escándalos igual que se consume una caja de galletas. La costumbre en España es que, se trate de lo que se trate, corramos a integrarnos en una bandería. Los toros, la posible exhumación de los restos de un poeta, las actuaciones de un juez, la situación en Cuba, la salida de la cárcel de un preso, la política antiterrorista o las tramas de los corruptos generan siempre una discusión a dos bandas y con afirmaciones tajantes.
Resulta muy difícil matizar, quedarse en tierra de nadie, sin ser acusado de rojo trasnochado o de fascista vendido al capitalismo. La sociedad consumista tiene mucha prisa, y en medio de los dogmas, que son la prisa de las ideas, es difícil matizar, por ejemplo, que uno no siente mucha simpatía por un juez estrella, que entra y sale de la política o de los titulares sin demasiados escrúpulos, pero que es una barbaridad y una grave agresión democrática intentar condenarlo por una prevaricación inexistente. La matización se convierte incluso en un peligro cuando el contrario está dispuesto a manipularte y las dudas sobre una actuación judicial sirven para que, bajo el manto de los muertos del franquismo, una trama indeseable de políticos y negociantes corruptos intente echar humo sobre sus tropelías.
El consumo de opinión procura mantener viva con sus prisas la lógica de las dos Españas. Pero se olvida que Antonio Machado no escribió sus famosos versos (“una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”) para referirse a la derecha y a la izquierda, con la que él siempre se identificó, sino a los turnos de los partidos de la Restauración, a las dos Españas monárquicas de los conservadores y liberales, caras distintas de una misma mentira. Lo que de verdad aprendió Machado es que a la hora de opinar, en la lógica de las banderías, a veces debemos salirnos por la tangente.
Por eso conviene recordar que la conciencia no es un hotel de lujo, sino una pensión incómoda situada en una frontera. Voltaire levantó un castillo en Ferney, justo en la frontera de Francia y Suiza. Cuando despertaba las iras de Luis XV o de los calvinistas ginebrinos podía situar su pensamiento en el lado de la frontera que permitiese su independencia. En una sociedad de poderes mediáticos, hoy han cambiado las cosas para el orgullo intelectual y es excesivo levantar castillos en homenaje a la opinión propia. Más bien la conciencia vive en una pensión. Pero es bueno que siga levantada junto a una frontera.
Luis Cernuda identificó al poeta con la soledad de un farero. Su búsqueda de la dignidad, de la conciencia individual, le recordaba al farero que sabía vivir aislado, en una torre a las afueras del pueblo, pero con la intención de evitar el naufragio de las ilusiones colectivas. Para embarcarse en una ilusión colectiva, nada resulta más conveniente que aprender a quedarse solo. Ninguna patria, raza, religión, partido, consigna, nostalgia o vanidad puede estar por encima de la propia conciencia. Sólo la claridad de las conciencias individuales sostiene la dignidad de las ilusiones colectivas.
Llegados aquí no faltarán los compañeros de catecismo que piensen en la conciencia individual y en los amparos democráticos como una deformación burguesa. Si tienen tiempo, les aconsejo que lean El invierno de la democracia del politólogo Guy Hermet. La democracia hoy es pura inexistencia, una nostalgia de otro tiempo, y no han acabado con ella los viejos totalitarismos. Ha sido el capitalismo desarrollado como un cáncer, con su capacidad de destruir los espacios públicos y las conciencias individuales, el que le ha dado el tiro de gracia al viejo sueño democrático.
Voltaire se sintió orgulloso de su castillo en Ferney y dijo que iba a durar mil años. La conciencia es una pensión pobre, pero es el único espacio propio que nos queda. No conviene que nos acomodemos en el balneario ancho y ajeno de las banderías".
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