15 de enero de 2013

Obispos "estrella" y cristianos indignados.

Tengo muchos amigos creyentes y no se parecen en nada al obispo de Córdoba. Es más, yo diría que cada día se sienten más distantes de esos obispos estrella que abominan de la igualdad de las mujeres, que insultan habitualmente a las personas homosexuales y que amenazan con el fuego eterno a quienes no compartan su fe. Tengo muchos amigos creyentes que no están de acuerdo con que la religión sea una asignatura en la escuela y que consideran la fe un hecho privado, íntimo, en el que los poderes no pueden entrometerse.

Tengo muchas amistades creyentes que consideran una barbaridad el hecho de que la jerarquía católica no haya reconsiderado en lo más mínimo el papel de las mujeres, les niegue un papel dentro de la propia Iglesia y conciba al género femenino bajo el único atributo de la maternidad. Sé de muchas cristianas que han entendido perfectamente a Simone de Beauvoir y que saben otorgar el sentido correcto a la expresión "no se nace mujer, se llega a serlo", porque son conscientes de la carga cultural e ideológica que a lo largo de la Historia ha tenido la feminidad. Tengo muchos amigos católicos que están muy cansados de que la jerarquía religiosa haya hecho de la homosexualidad una diana de sus ataques y dedique gran parte de sus homilías a personas que no hacen ningún mal por amar o compartir su vida con una persona de su mismo sexo. Conozco cientos de creyentes que no comprenden la obsesión de los obispos por el sexo y las prohibiciones. Muchos otros todavía esperan una explicación sobre por qué la autoridad eclesiástica se opone a los cuidados paliativos de los enfermos incurables y siguen insistiendo en que el dolor es una fuente de salvación.

Tengo muchos amigos cristianos a los que no les gusta la pompa eclesiástica, ni los palacios arzobispales. Hace algunos años le enseñé la catedral de Sevilla a una amiga colombiana fervorosamente católica. Durante toda la visita exhibió una expresión de sorpresa que yo atribuí a la belleza del lugar. A la salida le pregunté si le había gustado y me respondió tajantemente que no. "Demasiada riqueza" —me dijo—, "demasiada exhibición de poder".

He escuchado a muchos cristianos quejarse de que la cúpula eclesiástica se sitúa con demasiada frecuencia al lado de los más poderosos y no se refieren solo a los tiempos del nacionalcristianismo sino a los tiempos actuales en los que no se les escucha ni una sola palabra contra banqueros, especuladores o defraudadores. Una jerarquía que, salvo honrosas excepciones, ni siquiera ha alzado la voz contra los desahucios de viviendas, las trampas financieras o el despido de miles de trabajadores. Una Iglesia que, descontando la magnífica labor de Cáritas —en la que participan creyentes y no creyentes, heterosexuales y homosexuales—, no tiene credenciales sociales que presentar, ya que incluso las escuelas gestionadas directamente tienen un sello inconfundible de privilegio social.

El obispo de Córdoba, el de Granada y algunos otros obispos estrella, sufren pesadillas con Herodes, las mujeres liberadas, el matrimonio homosexual, la libertad de pensamiento y el desarrollo de la ciencia. Los cristianos que conozco quieren curar heridas y ayudar a los más desfavorecidos; a los obispos estrella, sin embargo, no les preocupa más que el sexo, en todas sus variantes, y su poder. La bondad y la compasión no forman parte de su vocabulario. Ellos han llegado a la cima del poder para castigar al infiel, amenazar al tibio y trazar las fronteras del dogma religioso. Se identifican con la derecha más extrema y están dispuestos a avalar las tesis económicas más injustas, siempre y cuando se comprometan a renovar sus privilegios. En Francia ríen las gracias de Gerard Depardieu contra Hollande y en España aplauden privatizaciones y recortes a cambio de que Wert aumente su poder o sus beneficios. La distancia entre la institución eclesial y gran parte de su feligresía es ya un abismo insondable que tambalea sus cimientos.

(Concha Caballero. El País)

14 de enero de 2013

Firma por una Escuela Pública laica: la religión, fuera de la Escuela Pública


  • El Laicismo, aparece históricamente como uno de los principios básicos de toda democracia, vinculado al reconocimiento de la libertad de pensamiento, a la igualdad entre la ciudadanía, en derechos y deberes y, por tanto, a la no discriminación por razón de sus ideas y creencias.
    La Escuela es, justamente, una de esas instituciones públicas, donde es preciso observar -de forma más escrupulosa- el principio de laicidad o neutralidad por tener como función la satisfacción de un derecho universal, como es la Educación, que atañe al conjunto de los ciudadanos sin excepción
    De acuerdo con los fines que le son propios, la Escuela ha de educar sin dogmas, en conocimientos científicos y universales, en valores humanistas y cívicos, en el respeto a los derechos humanos, en la asunción de la diferencia y de la diversidad, sobre la base de la igualdad en dignidad y derechos, en los principios éticos y democráticos que son comunes a todos, sin distinción.
    Los Centros Escolares NO deben ser, en ningún momento, un lugar de exclusión y discriminación. Niños y niñas no deben ser separados en función de las creencias o convicciones de sus familias. En consecuencia, la religión, en sus formas confesionales, debe salir del currículo y del ámbito escolar, con el fin de respetar los derechos de toda la comunidad educativa y para que no se interrumpa el normal funcionamiento de la organización de los centros educativos
    Una apuesta decidida por la Escuela Pública, Gratuita, Democrática y Laica, por parte de la sociedad y de los poderes públicos, es una garantía para avanzar hacia un modelo educativo integral, compensador de desigualdades y que eduque para la convivencia, dentro de un proyecto común de ciudadanía, inclusivo. Actualización de la campaña: Ante los ataques que está sufriendo la Escuela Pública y ante la confusión de algunos mensajes sociales y políticos, reafirmamos nuestra lucha por una Escuela Pública Laica, que garantice el derecho universal a la Educación, en el respeto estricto a los principios democráticos.
      Firma aquí:

http://www.laicismo.org/detalle.php?pk=16665&tp=ds&error=0

12 de enero de 2013

La servidumbre no se acepta

La crisis está disparando a la multitud. No pasa un día sin que nos encontremos con un amigo que se ha quedado en paro o que ha tenido que cerrar su negocio. No pasa una conversación sin que afloren los problemas de un hijo, un enfermo o un jubilado. La gente vive de forma inmediata su problema o su incertidumbre individual, pero tarda en tomar conciencia de la degradación colectiva de la sociedad. Asistimos a un desgarrón histórico grave, un giro de rumbo en el que derechos decisivos están siendo desmantelados.

¿Es culpa del sistema? La verdad es que vivimos en un sistema que nos empuja a la degradación. El capitalismo especulativo genera mucho dinero, pero acumulado en pocas manos. No crea riqueza para la gente común. Al contrario, su imperio depende hoy del paulatino empobrecimiento de la sociedad. El sistema desprestigia y desmantela las pensiones públicas para alimentar el negocio de las pensiones privadas. El dinero de las pensiones privadas se desvía a los fondos de inversiones, y son estos fondos los que se apoderan, por ejemplo, de multinacionales como Capio Sanidad. Lejos de ver la salud como un bien personal y social, las multinacionales sólo atienden a su negocio y someten la esperanza de vida de las personas a sus cuentas de resultados.

Este sistema es una cabronada, desde luego, y parece difícil imaginar hoy de modo racional una salida digna a la crisis sin una transformación profunda del dichoso sistema. Pero a la hora de exigir responsabilidades conviene ser flexibles, o sea, conviene entrar en destalles. Las culpas del sistema, con su fatalidad abstracta, no empequeñecen las responsabilidades de los gobiernos concretos, de los especuladores de carne y hueso y de los ciudadanos sometidos a la condición de siervos. La servidumbre no se acepta.

 El sistema no podría marcar una vertiginosa degradación de los ciudadanos y negocios como Capio Sanidad no podrían jugar con la vida de las personas si no hubiese gobiernos dispuestos a privatizar la sanidad pública. Yo no entiendo otro patriotismo que el de los derechos civiles. Uno de los emblemas del patriotismo español ha sido para mí, además de la poesía y la vida nocturna, la sanidad pública. Si no hubiese gobiernos y partidos dispuestos a poner nuestra sanidad en manos de Capio, es decir, a poner en venta la nación, el sistema no estaría agrediéndonos con esta impunidad que disfruta ahora. Malditos sean los gobiernos de España y de la Comunidad de Madrid. Moverse hacia una estructura más cara y peor no es sólo culpa de un sistema. Es decisión de un Gobierno. La servidumbre no se acepta.

La vida nos condena a la busca. Todos tenemos que trabajar o que buscar trabajo. Pero hay trabajos y trabajos. Que existan fondos de inversiones dispuestos a hacer negocio con la salud de un país o a especular con los alimentos y el hambre, es muy propio de este sistema. Pero sería imposible la agresión que sufrimos sin empresas como Capio Salud o sin especuladores de carne y hueso. Malditos sean, no por el sistema al que pertenecen, sino por su complicidad concreta. La servidumbre no se acepta.

 Y es que la complicidad de las personas es fundamental para que los especuladores hagan negocio y el sistema imponga su imperio. Complicidad al especular y complicidad por no defenderse, por aceptar las cosas con pasividad, por no pasar a la acción, por no imaginar alternativas cívicas y políticas que pongan freno a la rapiña. Nosotros también somos el sistema y las responsabilidades, aunque en distinto grado, están compartidas. Escribo este artículo en un tono tan descarnado por dos motivos. En primer lugar, porque quiero hacer un homenaje a los profesionales de la sanidad madrileña que han levantado una marea blanca en legítima defensa no ya de su trabajo, sino de un derecho clave para todos nosotros. La sociedad debería corresponder con una movilización generalizada en su apoyo. La servidumbre no se acepta.

 El segundo motivo es de orden literario. Algunos amigos -académicos, líricos o simples cortesanos-, me han aconsejado en los últimos tiempos que me aleje de la política. ¡Estoy demasiado comprometido! ¡Estoy manchando mi obra, mis poemas de amor! No tengo tiempo ahora de explicar lo cerca que siempre han estado a lo largo de la historia las camas de hospital y los lechos de amor. Por eso me limito a recordarme a mí mismo que San Juan de la Cruz, Quevedo, Jovellanos, Espronceda, Unamuno, Antonio Machado, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Pablo Neruda o Miguel Hernández sufrieron torturas, cárceles, exilios o penas de muerte por su compromiso humano y político. Si yo no me siento inmortal, no es por mi cercanía a la política, sino por los versos que he escrito. Pero lo seguiré intentando. La servidumbre no se acepta.

(Luis García Montero. Público)

11 de enero de 2013

¿Tiene la izquierda respuesta para la crisis?


Alfon está libre

COMUNICADO DE URGENCIA DE LA PERMANENTE NACIONAL DEL SAT

Alfon está en libertad. Ha estado casi dos meses en prisión bajo un régimen carcelario criminal. Fue víctima de la represión de un Gobierno que está empeñado en criminalizar la lucha social. Fue elegido con el objetivo de dar un escarmiento al Madrid rebelde y a la Vallecas obrera y resistente. Alfon está en libertad y ha sido gracias a la movilización de movimientos, partidos, sindicatos, colectivos,... no sólo en Madrid, sino en todo el mundo. La solidaridad en este caso traspasó fronteras y ha sido porque la inocencia de Alfon y la perversión de su detención injustificada y posterior encarcelamiento no dejaba dudas. Había que luchar contra la injusticia, había que sacar de la prisión a Alfon, no sólo porque es uno de los nuestros, sino porque el atropello antidemocrático del Gobierno fue descomunal. Quienes hemos salido a la calle a exigir su libertad hemos defendido la democracia en un momento en que el capitalismo en crisis quiere anularla lo más posible. Por eso su liberación ha sido una victoria de la izquierda social y política y nos alegramos enormemente porque el calvario para Elena, su madre, y su familia, ha acabado por fin.

Nuestras últimas palabras queremos que sean para Elena, su madre, que se afilió a nuestro sindicato y que para nosotros y nosotras representa el coraje y la determinación de la lucha por la justicia. Ella y Alfon estarán seguramente en Marinaleda el 27 de febrero en el CONCIERTO CONTRA LA REPRESIÓN. Allí los recibiremos como compañeros y amigos.

 (SAT Andalucía, 9 de enero de 2013)

Rebelion

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