28 de marzo de 2013

Cómo distinguir un escrache real de un falso




Con la ingenuidad que nos caracteriza, habíamos pensado que el escrache no dejaba de ser una forma de protesta que consistía en acudir al domicilio de un responsable político o de un empresario, llamar su atención con la percusión de unos cazos o de la gama completa de Magefesa y, ya puestos, cantarle las cuarenta a capela. A nadie se le escapa que la situación es muy desagradable, ya sea porque en estas serenatas se desafina mucho o, simplemente, porque a gente de orden, que nunca dio que hablar, les resulta muy desagradable ser la comidilla de su respetabilísimo vecindario o que se les miente a la madre, que de nada tiene culpa la pobre señora.

Ha venido a sacarnos del error, entre otros, la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, mujer informada y comedida, que ha corrido a advertirnos de que los activistas antidesahucios que han alterado la tranquilidad de varios diputados del PP son, en realidad, ‘borrokas’ disfrazados, de igual manera que los dos jóvenes con bufandas del Real Madrid que hace año y medio irrumpieron en el portal de Esperanza Aguirre completamente cocidos y se mearon en las petunias presidenciales, eran aviesos perroflautas que pretendían dar un golpe de estado autonómico con nocturnidad y toda la alevosía que proporciona llevar una tajada como un piano.

En auxilio de Cifuentes han llegado al galope algunos de sus opinadores de cabecera, que no han tardado en comparar estos escraches con el fascismo o con el marcaje que se hacía a los judíos cuando se les cosía en el abrigo la estrella de David. En resumidas cuentas, los antidesahucios no son manifestantes que quizás se excedan en su protesta sino filoetarras, fascistas, nazis, antisistema y, posiblemente, independentistas, que eso ya es el acabose.

La cosa, sin embargo, precisa de matizaciones. Empecemos por la definición de escrache. En esencia, consistiría en ejercer una acción que trastorna gravemente la paz del hogar y que coloca a quien la sufre en una situación de enorme tensión. Sabemos, por ejemplo, que el ministro Gallardón ha sufrido vituperios en su domicilio. Ahora bien, ¿fue un escrache continuado sus obras de la M-30 en Madrid que alteraron durante varios años el sueño de miles de ciudadanos y sacaron de sus casillas de centenares de miles de conductores que llegaban histéricos a sus trabajos o a sus casas?

¿Han sido escraches los quinientos mil desahucios de la crisis? ¿Lo experimentaron quienes acabaron tirándose por el balcón al verse desalojados de sus viviendas? ¿Son víctimas de escraches los parados mayores de 55 años a los que se les quita el subsidio, los futuros jubilados a los que se les recorta la pensión, los estafados por las preferentes, los funcionarios a los que se baja el sueldo por el artículo 33, los jóvenes que han de dejar sus casas en busca de trabajo y emigrar al extranjero, los enfermos a los que se cierra el ambulatorio, quienes cobran pensiones de risa y han de pagar parte de los medicamentos o los profesores interinos a los que se les niega un contrato? ¿Acaso no han visto todos ellos gravemente alteradas sus tardes de domingo y casi con seguridad las del resto de la semana?

Lógicamente, sería absurdo pensar que quienes gobiernan, quienes alteran de forma tan grave y violenta la vida de muchos ciudadanos, sean filoetarras, fascistas, nazis o, incluso, independentistas. Hay dos diferencias obvias. La primera es que los escraches auténticos sólo duran unos minutos y los otros pueden extenderse años; la segunda es que no hay un verdadero escrache sin estrépito, de manera que es determinante el uso de armas de destrucción acústica, tales como cazuelas, silbatos o megáfonos. Sin ellas te pueden joder la vida, pero nunca será un escrache.

      (Juan Carlos Escudier. Público)

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